Thursday, February 24, 2022

MÁQUINA ABSURDA

Son insoportables. Francamente insoportables.

Hace nadie sabe cuánto tiempo ya, o más tiempo aún, que están esperando la salvación. Algo que los salve. O alguien. Como sea que pueda decirse.

Pero no está muy claro de qué se tendrían que salvar.

Algo han perdido en el camino. No se sabe qué, pero eran felices ayer.

Si pudieran retroceder un día en el tiempo se darían cuenta que ayer eran felices anteayer, y así indefinidamente; por lo que sería complicado encontrar el momento en el que perdieron eso que creen haber perdido.

Por otra parte, temen seguir perdiendo algo mañana, algo muy valioso que no podrían precisar, ni apreciar hoy, pero que de seguro está.

Lo que los salve, sea algo o alguien, los protegerá de seguir perdiendo cosas que no saben bien cuáles son y les restituirá la felicidad perdida siempre en el ayer del hoy en el que tienen algo que deberían poder apreciar porque temen perder, pero sin poder precisar de qué se trata.

Mientras tanto no pasará mucho tiempo hasta que sedimente la suspicacia: “ese cuerpo tiene lo que el mío necesita para que yo me salve…”

Pero evidentemente, quienes se sienten condenados no estarían nunca dispuestos a cederle a alguien nada que les sobre, porque todo les falta.

“…Mi cuerpo no tiene nada. Los otros cuerpos lo tienen todo…”

Quizás se trata de que hay demasiado espacio y demasiado tiempo para llenar cuando nada concluye ni tuvo principio. Lo cual es ciertamente aterrador, y en ese caso no viene mal inventar un par de tragedias, y llevarlas a cabo de ser posible para anestesiar el horror vacui que le espera en cada instante de silencio a cada cual. Tragedias en las que es proverbial la derrota y el escarnio de quienes creen que esta vez sí podrán ganar la partida.

 

Previamente hay una tarea ineludible: enseñarles a los espejos a engañar y después borrar de la conciencia las pruebas de la ignominiosa tarea. Parecerá que los espejos han sido esclavizados. Pero habrán sido aceptados como amos despóticos. Esa operación permitirá creer en algo que se parezca a la identidad personal y permitirá soportarla sin pulverizarse de vergüenza cósmica.

 

Y el deseo de salvación: la otra cara de esa moneda.

 

Círculo vicioso. La cuenta regresiva de un cóctel explosivo, que no termina de llegar al cero.

 

Son proverbiales algunas cosas.

El pensamiento mágico; la disposición a caer una y otra vez en el embuste de curanderos pícaros que esta vez sí tienen la poción milagrosa que acabará con todos los males.

Y un sofisticado sistema de eufemismos, que logran suspender provisoriamente la ley de la gravedad y dar por sentado y entendido lo que nadie ha comprendido  nunca.

 

Muy cada tanto sucederá: algún curandero será linchado.

 

Y también muy cada tanto, un ataque repentino de parresía colectiva habilitará dos o tres palabras simples que son las que bastan para reconocer que siempre todo estuvo cayendo segundo a segundo hacia ningún fondo mientras sigue funcionando una máquina absurda que requiere como combustible toda la vitalidad que tengan a mano.

 

Por inanición, son insoportables.

Decididamente.

 

 

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