En esta ciudad, una ciudad como cualquiera.
Jaime se halló harto.
De la hipocresía de los otros cuando simultáneamente se hartó
de la propia.
Se desnudó y salió a caminar por el barrio.
Se dio cuenta de que esa operación lo dotará de una mirada
de rayos x que atravesará la piel de la gente para ver qué es lo que realmente están
pensando de él.
Será entonces inmune a la falsedad subcutánea de las pieles
sonrientes.
Verá detrás del velo
de cada semblante perdonavidas.
Olfateará los vapores sulfurosos y miasmas descompuestos que
emanan a través de las ventanas de cada casa de buena familia.
Y vomitará una
carcajada contra el espejo cada mañana.
Maruja decidió que para que las cosas cambien, hay que
cargarse a cierra gente. Por lo tanto anda por las calles munida de eficaces
métodos de exterminio ocultos entre sus ropas.
Aún no ha pasado al acto con nadie. Porque no ha podido responderse a sí
misma cómo tendrían que cambiar las cosas, ni sabe para qué. O si es que tendrían
que cambiar…
Puede ser que en alguna esquina o cruzando alguna calle encuentre
la revelación.
O quizás algún día termine cargándose a los que parlotean
sus planes de redención, sin privarse de escupir cuando hablan. Sujetos por los
que, previsiblemente, experimenta un profundo fastidio y más profundo
desprecio.
Mientras tanto, anda. Cualquiera podría cruzarse con ella
por ahí, en cualquier momento. O en el
momento adecuado.
Ana notó al llegar a una esquina, alguna esquina; que uno de
sus brazos comenzaba a desprenderse de su cuerpo y quedaba desmentir a quien se
atreviera a sostener lo contrario, que la ley de la gravedad no se cumple en
todos los casos. Ana alcanzó a atrapar su brazo antes de que se alejara como si
fuese aquel globo rojo que deambulaba en aquella otra ciudad, tan real como
esta.
En el momento en que, luego de un salto alcanzó a atrapar su
brazo antes de que definitivamente cobrara altura, y volvía a ponerlo en su
lugar, una de sus orejas se soltó y emprendió suavemente la retirada. La mano
del brazo recién recuperado la atrapó a tiempo. Pero en ese mismo momento, una
de sus piernas pretendía la misma aventura que la oreja, acompañada por tres
dedos de la mano contraria. El brazo de
esa mano decidió que no resignaría tampoco su anhelo por la estratósfera. El otro brazo, recuperado una vez,
reincidió. Finalmente, Ana se dejó
desarmar y decidió que no era tan grave. Sus extremidades, su cabeza, las
piernas y el tronco se dispersaron en direcciones divergentes hacia algún lugar
de la atmósfera, mientras la conciencia de Ana se iba transformando en alguna
otra cosa.
Cualquier héroe puede llegar a ser inventado por villanos y
traidores y el amor puede convertirse en la joya de la corona de los cobardes
en esta ciudad donde casi nadie ha visto a Jaime, a Maruja o Ana; donde
cualquiera puede ser o haber sido alguno de ellos; o villano, traidor, cobarde;
o imaginario héroe amoroso.
O todo eso junto en el término de un día o siglos.
En esta ciudad, una ciudad como cualquiera.
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