Un barco a la deriva lo sabe casi todo acerca de la
intemperie y la desolación. Pero lo visita una callada alegría.
Un barco que ha llegado a destino comenzará muy pronto a ser
mecido por la melancolía.
Una ciudad puede parecerse a ambos.
O está detenida sin remedio o se mueve aun cuando no esté
yendo a ningún sitio.
Los barcos son devorados lentamente por el mar.
La ciudad va comiéndose a sí misma.
Devora las calles, edificios, monumentos que le dan cuerpo mientras
el tiempo se come al tiempo.
Sitios devorados donde pasan cosas. Ese otro naufragio o esa
otra inmovilidad.
Deambular de cuerpos y cosas entre paredes quietas.
Paredes mutantes alrededor de cuerpos inmóviles.
Siglos de ciudades y ciudades en el tiempo no han sido ni
serán lo que se cree.
La imaginación tiene la ultima palabra porque tuvo la
primera. Las ciudades y el tiempo bailan inevitablemente cuando ella canta.
Quedará una sombra refractaria a las palabras precisas.
Demasiadas palabras para llenar el vacío de la Palabra Imposible Una fenomenal
convocatoria de fantasmas.
¿Cómo germina el silencio de la ciudad, inefable en los ruidosos
fantasmas de las demasiadas cosas?
¿Y los cuerpos, qué?
La vida de los cuerpos que respiran en las ciudades que se
van devorando a sí mismas se van impregnando con el tiempo de un silencio que
un día les impedirá decir lo que hayan comprendido.
Llenándose de ese silencio como de agua salada se llenan los
pulmones de quien acaba de arrojarse al mar.
En la ciudad quizás se oculte un signo monstruoso. Nadie lo
sabe. Ella lo sabe.
Un signo monstruoso significa todas las cosas.
Ninguna ciudad puede soportarlo.
Quizás por eso se coma a sí misma: para que ese signo
desaparezca.
Tal vez sea la Ciudad Perfecta.
Pero cómo podría reconocerla alguien que no sea, también,
perfecto.