El día que nació mi viejo murió mi vieja.
Por lo tanto, yo no existo.
Esto antes no había pasado. Ahora sí.
Ante esta situación me veo en la necesidad de nacerme.
Lo cual será eterno cuando suceda y los recuerdos huirán
de lo que fue.
Misteriosos como suelen ser serán.
Las fotos viejas se han poblado de caras extrañas. Mi cuerpo que supo ser prisionero de ese
ámbito sepia ahora deambula por el espacio exterior donde se ha difuminado el
código para leerlas y donde la ley de gravedad parece estar corriendo el mismo
destino. La potencia de ese mismo cuerpo
se ha sumado a un huracán silencioso, que sólo deja lenguas muertas a su paso,
lenguas que ya no pueden contar lo que él les había hecho decir cuando llegó.
Todo parece estar siendo dejado a los secretos de la
suerte levitando sideral, sin retorno y
sin pena de nadie
Dicen que las cosas, en tanto tales, desean aferrarse a su
ser.
Ingenuas, en su deseo. El recuerdo es el olvido y el deseo
un acto de fe.
Los deseos, en tanto tales, desean aferrarse a su ser: ¿lo
ven? El Deseo también puede ser mortífero, ¿quién dijo que no? Se han dicho
cosas imposibles, pero nada lo impide. A veces sucede. Lo dicho, dicho está,
pero nunca es lo que se ha dicho. ¿Quién sabe?
Un atolladero del que se puede salir
Ningún amor es para siempre, eso es la muerte.
La muerte puede ser la vida o puede ser un error.
La vida puede ser un error o un acierto de los dioses,
siempre tan distraídos.
Hay que estar en todo.
No se puede creer. Pero es inevitable mientras dura.
